FAJAS
[Publicado en Zero Grados el 12 de diciembre de 2016. Accésit Premio Carmen de Burgos 2016. Premio Ateneo-Universidad de Málaga 2017]
Fajas, velos
y mordazas forman parte de un mismo campo semántico aplicado a lo femenino
Las
fajas son eso que hemos llevado las mujeres y seguimos llevando, ¿durante
cuánto tiempo? No se sabe a ciencia cierta. Si tenemos en cuenta los corsés y lastres
que nos moldean, una vida de mujer ―su fama o infamia― puede estirarse incluso después
de muerta. Elena Garro los arrastra consigo en este momento. Ella ha sido resucitada
y reducida mediante una faja que rodea su libro recién salido al mercado; un
libro póstumo con un galardón inmemorial en la sobrecubierta, un memento
grosero que alude a sus conexiones con hombres, sórdidas ataduras a hombres distinguidos
(uno de ellos su cónyuge, un prestigioso poeta que supuestamente la maltrató). Así
reza la leyenda notoria que envuelve la publicación para el centenario de su
nacimiento: «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de
García Márquez y admirada por Borges». La Musa siempre tiene nombre de Mujer;
aunque, por desgracia, no tiene voz ni letras a mano para poder afirmar, o negar,
o contarnos lo que hubiera querido. O escoger sus propias palabras para
presentar su obra, por ejemplo: «En México, por el simple hecho de ser mujer,
todo queda invalidado…»; o las del escritor ‘admirador’: «La Tolstói de
México». Las elecciones importan. La reedición de su novela, publicada inicialmente
en 1982, cuyo título nos resulta ahora mordaz y revelador, Reencuentro de personajes, ha salido a la luz lastrada, encorsetada,
envuelta en una faja opresiva, como la imagen de la escritora a lo largo de los
siglos veinte y veintiuno. La retirada de la cinta delatora y las disculpas inútiles
de la editorial después de la presión social no alteran el alcance del
denigrante blurb.

El
término en plural, «fajas», significa «azotes» en germanía; por extensión,
penas impuestas al género femenino desde tiempos remotos. Las palabras son hasta
perversamente lógicas. El arte del azote pertenece a los hombres de mano larga,
maestros de esa indulgencia mórbida con el cuerpo vulnerable del ser inferior,
esclavo o solo sumiso. Algo malo habremos hecho las mujeres, no cabe duda; merecemos
unos buenos azotes de cuando en cuando, oh fiera de mi niña. Cuántas enaguas
levantadas y culitos femeninos en pompa para ser azotados o palmoteados a
placer por malas pécoras, por viciosas, por marisabidillas, por demasiado traviesas…
Cuántas representaciones humillantes en nuestro imaginario, cuántos últimos
tangos en París con sabor a mantequilla rancia.
Porque
al fin y al cabo no tenemos disculpa ni solución posible, seguimos siendo unas niñas
malcriadas, instruidas en este patriarcado de la letra, de la palabra, de lo
eterno varonil. El género en español―dicen― es masculino, pues es el neutro, el
que lo abarca todo, el que va más allá de toda significación, pero además ―inciden―
no importa. Humpty Dumpty le dejó muy claro a Alicia quién era el que mandaba
en este diálogo desigual. Para colmo, las feministas pululamos por ahí, meras
criaturas «frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas», como espetó con tan
buen criterio popular un alcalde campechano de este país castizo no hace ni un
año.

Las
fechas sirven como recordatorio de lo peor. Este 11 de diciembre hace cien años
que nació Elena Garro. La escritora mejicana tuvo la desgracia de haber sido
una adlátere, una creadora que compartió el espacio con otros escritores que velaron
sus logros. Al fin y al cabo, el velo es otra prenda indispensable en el
armario de la mujer decente. Otro atavío que la oculta y la disimula. Debajo de
él se pueden acumular muchos adjetivos: desequilibrada, histérica,
autodestructiva, envidiosa. Y también juicios sumarísimos: su personalidad no
permitía el reconocimiento, demasiada frustración. Se dice que fue la
iniciadora del «realismo mágico» con su novela Los recuerdos del porvenir (1963), publicada cuatro años antes de
la novela canónica de este movimiento, identificación que ella rechazó.
Atrevimiento de mujer, dame el nombre exacto del fracaso de tus cosas.
Debemos
estar alerta, todo muta, se transforma incesante. Aparecen nuevas fajas para
nuevas políticas. Existen fajas de alta tecnología, diseño e ingeniería en
prendas de control. Fajas subliminales para sujetar bien y modelar al antojo de
muchos. «Vamos a organizar un evento ―cultural, por ejemplo― pero, oye, que
haya mayoría de mujeres jóvenes, guapas, accesibles..., envíame unas fotitos,
anda».
Fajas,
velos y mordazas forman parte de un mismo campo semántico aplicado a lo
femenino. No a lo masculino. Ellos no tienen ese tipo de vendas o de vendajes que
les paren las lenguas o les deformen los pies. Ellos disparan sin miedo a las
consecuencias, apuntan con tino y se llevan la banda del mérito sin mucho
esfuerzo.

Hemos
conseguido quitar la infame faja de papel del libro de Elena Garro. Pero hay
que estar alerta, soltar prendas cuanto antes. No suscribamos el tópico de
Lampedusa, «que todo cambie para que todo siga igual». Cuidado con la resurrección
de la faja oculta, vamos a controlar nuestros armarios y sus prendas secretas.
Será mejor para nosotras en el futuro que, al final, se está pareciendo demasiado
al pasado. Apostemos por los recuerdos del porvenir.