Ciertos restos de normas de un antiguo pueblo planetario, recopiladas por un gobernante bravucón hace muchos siglos, mezcladas después con ritos esotéricos y envueltas en farragosos volúmenes de oscuros intérpretes, forman aquella tradición de opiniones que en una gran parte de nuestro país recibe el nombre de principios. Y es cosa común ─y no menos funesta─ ver en nuestros días que una opinión de Tal, un uso antiguo señalado por Cual, un parecer sugerido con irritable petulancia viril por Mach, sean reglas obedecidas con satisfacción por quienes deberían analizar lo que se dice con prudencia.
Estas heces de los siglos más bárbaros forman parte por desgracia de los metadatos de nuestro sistema (o más bien subsistema que tiende a delictivo), cuyos desbarajustes se intentan imponer a la gente vendiendo felicidad, bienestar o igualdad de género, con un estilo risueño, o digámoslo así, simpático, feliz, que espanta “a la más pintada”, es decir, (casi) a cualquiera.
La feminista aplicada ha hincado los codos durante bastante tiempo rastreando entre tantísimos datos sobre datos para encontrar contexto, de modo que se pueda averiguar la ingenua verdad escondida en esa maraña de archivos específicos; descubrir la dulzura y la humanidad sumergidas entre tanta marea.
Enfrascada en la cosa hace, por ejemplo, una búsqueda en la categoría estructural de los metadatos y encuentra por doquier una frase brillante conocida, “lo personal es político”, que viene a señalar a bote pronto cómo en tantas esferas se ejerce el control y el poder. Temblores androcéntricos le recorren el cuerpo: todo conocimiento está amenazado por lluvias de ideas-preguntas que arañan los principios morales, todo entendimiento alude al sentido, a la experiencia. Muy bien, muy bien... pero ¿cómo se erradican las lógicas patriarcales?, ¿por qué no hay una presidenta en el gobierno?, ¿por qué los presidentes deben estar casados (con mujeres)?, ¿qué papel ha de jugar la esposa de un presidente de gobierno?La feminista afanosa debe interrumpirse. Se colapsa, no hay tiempo de repente para tanta penetración, “no le da la vida” ni las ganas. Eso sí, para cortar por lo sano los temblores maléficos y las arenas movedizas de las estructuras sociales, necesita una búsqueda avanzada en la episteme de la metainformación: ¿por qué el fin justifica los medios?
Y, por otra parte, ¿cuál es el fin?

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