


the ne[X]t [X]eneration
Lisístrata: Lampito, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.
Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables. (¡Oh Lisístrata, esto me está matando!)
Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.
Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.
Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.
Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.
Lisístrata: Y haré que me desee.
Cleónica: Y haré que me desee.
Lisístrata: No me entregaré.
Cleónica: No me entregaré.
Lisístrata: Y si él me obliga.
Cleónica: Y si él me obliga.
Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
Cleónica: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
(...) Lisístrata: ¿Todas han jurado?
Mirrina: Todas.
[11]
un animal despiadado es aquel que taladra agujeros
para fabricar un silenciador,
el silencio no calla muchas cosas
[además no está probada su existencia]
alarma la rápida descompresión de la bala
en el alma del arma, en el cañón,
preparada para evacuar un alma en once segundos:
uno, dos, tres
[once]
un animal implacable es aquel que mezcla ácido nítrico
con ácido sulfúrico,
[hay tal tranquilidad en ese acto…]
le añade glicerina y eso basta,
ya tiene un explosivo dispuesto para funcionar
los libros de historia no contienen este tipo de instrucciones de uso,
el animal, inflexible, las ha aprendido solo,
como aprendió a conseguir el fósforo:
[polvo blanco, muy blanco]
unas partes de urea y una dosis de sal
entre tanto, por campos grises
se arrastran los gusanos sedientos de venganza,
entre tanto, en sótanos perdidos
mandíbulas talladas en piedra
gritan, musitan, oran,
sin advertir apenas el olor nauseabundo de la química húmeda,
adormecidos hace tiempo los sentidos
[en formol la compasión, la piedad, la clemencia]
el animal inclemente cumple pequeñas tareas para las que ha sido preparado,
haciendo tiempo camina por el metro,
la ciudad bulliciosa no tiene para él
ninguna regla fija,
hombres, mujeres, niños,
o jardines orinados por perros,
todo parece igual que una pistola incrustada en la boca
del enemigo,
[todos tenemos el rostro de la muerte gateando por los tejados]
el animal riguroso sube cincuenta pisos hasta la azotea
[hay tal tranquilidad en esa altura…]
pulsa las teclas y calcula cómo estallan los trenes de corto recorrido,
recorrido muy corto,
tan corto a veces como perecedero,
casi fugaz,
atajo burdo donde el azar es odio
[el odio a veces se lleva por delante el azar]
mira hacia abajo,
comprueba cómo estallan cristales entre la parafina,
el hierro vivo, candente, vulnerable,
los metales preciosos ahora al frío de la mañana,
mientras que yo, entre tanto,
vuelo [ impune] por el aire lleno de gas nervioso,
no entiendo nada,
sencillamente muero
(Carmen Velasco, marzo, 2011)