domingo, 29 de marzo de 2009

Suicidio de Orlando

Salgo yo también de entre los libros para recordar el suicidio de mi admirada Virginia, he traspasado una hora del umbral de la noche atascada en una letra que no me dejaba mover el pie izquierdo, el número ha pasado y el día 28 de marzo ha llegado a su fin... pero no importa... Recordemos... Otro 28 de marzo de 1941, por la mañana, a los cincuenta y nueve años de edad, la escritora Virginia Woolf se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Era un día frío y luminoso. Había dejado dos cartas, una para su hermana Vanessa Bell y otra para su marido Leonard Woolf, las dos personas más importantes de su vida.

"Querido: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor..."

Eran las once y media aproximadamente y caminó hasta el río apoyándose en su bastón, ya lo había intentado anteriormente, unos días antes había regresado a casa con la ropa y el cuerpo completamente empapados, después de uno de sus paseos. En aquella ocasión dijo que se había caído, pero seguramente aquel fracaso le sirvió para descubrir que lo que debía hacer era meter una piedra pesada en los bolsillos de su abrigo. Así no volvería a fallar. Y eso fue lo que hizo.
¿Cuándo nació el delirio? Revisando las fechas en las que se sucedieron algunos de sus colapsos nerviosos de mayor intensidad, se puede comprobar que las crisis de delirio en las que perdía casi por completo la conciencia de la realidad y del mundo exterior solían coincidir con los momentos en los que estaba terminando de escribir alguna de sus novelas. Escribir es arduo, demasiado intenso. Pero no por ello iba a dejar de escribir sino que, al contrario. Tras superar sus accesos de locura, Virginia Woolf solía recordar gran parte de lo que le había ocurrido y, normalmente, lo primero que hacía cuando todo volvía a mostrar cierto equilibrio era empezar a trabajar en otra novela. Ella m isma expondría con claridad la cuestión en su admirable ensayo Una habitación propia (1929) -elaborado a partir de dos conferencias pronunciadas en Cambridge en octubre de 1928 sobre el tema "Las mujeres y la narrativa"- al preguntarse por el verdadero germen de la novela o de la obra de imaginación:"…uno se acuerda de que estas telas de araña no las hilan en el aire criaturas incorpóreas, sino que son obra de seres humanos que sufren y están ligados a cosas groseramente materiales, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos."
Experimentó con nuevas formas que llegarían a englobar la auténtica realidad de la existencia, y quiso bucear en los pensamientos de sus personajes para hacerlos retroceder y progresar hasta que el lector tuviese la verdadera impresión de saberlo todo sin que realmente ningún narrador hubiera tenido que explicar nada. No debemos olvidar que lo que Virginia Woolf pretendía en sus obras era desprenderse del mundo material y llegar a reflejar una realidad interna que no se ve pero que, indudablemente, existe.
"…la vida es un halo luminoso, un envoltorio semitransparente que nos rodea desde el principio de la conciencia hasta el final. ¿Acaso no es tarea del novelista transmitir este espíritu variable, ignoto e indefinido, por muchas aberraciones o complejidades que ello pueda acarrear, con tan poca mezcla de lo ajeno y de lo externo como sea posible?"
En libros como El cuarto de Jacob (1922), Al faro (1927) o Las olas (1931), el peso de la narración se deposita por completo sobre las reflexiones de cada personaje, y es únicamente siguiendo dichas reflexiones como podemos llegar a conocer el desarrollo de la trama novelada. Virginia Woolf lleva así a la práctica sus propias ideas sobre el modo de conducir al lector a través de los diferentes pensamientos de sus personajes. Demuestra de esta forma que la realidad interna y subjetiva suele ser mucho más interesante para el lector que cualquier otro tipo de fuerza externa.

Y Orlando... ¿no pudo hacer nada?

Woolf abriría caminos antes no explorados en la manera de narrar, en la manera de vernos a nosotros mismos. Tuvo una percepción privilegiada de la realidad, una percepción descarnada y genial de todo cuanto la rodeaba. Y gracias a ella, ahora el mundo para muchos de nosotros es diferente. Pero hay algo más que se nos oculta, que ella misma quiso esconde(se) probablemente.

Y Orlando... o Victoria Sackville-West (1892-1962), aquí tenemos su rostro, ¿por qué no la libró del suicidio?

Durante los años veinte y treinta una escritora mucho más respetada y establecida que la propia Virginia Woolf, fue una de las personalidades más polémicas del ambiente artístico inglés de las primeras décadas del siglo pasado. Pocos años después de su matrimonio, escapó con la también escritora (también casada) Violet Trefusis durante varios meses a París. Y en 1925 inició un intenso affaire con Virginia Woolf; el romance duraría solo algunos meses, pero su amistad y mutua admiración habrían de perdurar hasta el suicidio de Virginia en 1941. El inventario de esta amistad (es decir, de este amor) puede hallarse en el hermoso volumen: The Letters of Vita Sackville-West to Virginia Woolf (1985). En su diario, Virginia Woolf alaba la capacidad de Vita de “ser, en pocas palabras, lo que nunca he sido: una verdadera mujer”. Y es precisamente a esta “verdadera mujer” a quien la escritora dedicó el Orlando, esa especie de retrato del artista como transexual que, en opinión de Jorge Luis Borges, traductor del Orlando, es la novela “más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época”. Quien hojea la “biografía” encuentra aquí y allá fotos de Orlando que son, de hecho, fotos de Vita; quien lo lee se tropieza continuamente con detalles de la trama que reflejan detalles importantes de su biografía real: su temprana aventura con Violet Trefusis, su abuela española, sus viajes al Oriente, su travestismo, sus éxitos literarios, sus luchas legales por intentar, a pesar de ser mujer, heredar las propiedades de sus ancestros, su excéntrico, anormal, radiante matrimonio con Nicolson… Si hemos de seguirle el juego a la candorosa hablilla de que tras todo gran hombre hay una gran mujer, en lo que concierne al Orlando, la gran mujer tras Virginia Woolf fue Vita.
Hasta siempre, Orlando, me vuelvo a las catacumbas de las letras donde se te ve mucho, por cierto.

4 comentarios:

Laura dijo...

¡Qué grande, Virginia! Precisamente estoy estas vacaciones descubriendo Orlando, el personaje. La belleza de las imágenes del libro supera aún la lucidez de la reflexión sobre lo que supondría cambiar de sexo. Mi reverencia para ella y mi admiración también para ti, Carmen. Un beso fuerte, y sigue con este blog tan interesante! Laura

Carmen Velasco dijo...

¡Mil gracias Laura! ¡Qué alegría saber de ti! Envidia me das con tu incursión vacacional en el mundo fascinante de Orlando... Pronto compartiremos nuestra mutua admiración... Gracias por visitar este blog y dejar este entrañable comentario.
Nos vemos pronto. Besos mil.
Carmen

Javier dijo...

Virginia, la última geisha.
T S, el ;ultimo samurai.

Carmen Velasco dijo...

Gracias por la propuesta Javier, pero ¿y Yukio Mishima?, ¿y Mineko Iwasaki?